Se presentan acciones, muchas veces fantásticas, intercaladas dentro de un marco de sucesos extraños. En ellas, menudea la exageración.
La isla del tesoro, de Stevenson, muestra lo anotado:
"De esta manera habíamos avanzado como por una media milla, y ya casi tocamos al borde de la meseta cuando el hombre que caminaba más alejado hacia nuestra izquierda comenzó a gritar con todas sus fuerzas, con un marcado acento de terror. Una vez y otra llamaba a sus compañeros, y ya éstos comenzaban a correr hacia él.
—Se me figura que no ha de haber encontrado la hucha —dijo el viejo Morgan pasado del lado derecho junto a nosotros, en dirección del que gritaba—. Esta es una cumbre muy pelada para haber hecho tal descubrimiento.
Y, en verdad que, cuando Sílver y yo llegamos al sitio aquel, nos encontramos con que era algo totalmente distinto. Al pie de un pino bastante alto y medio envuelto en las espirales de una verde trepadora, estaba un esqueleto humano, y a su lado, en el suelo, uno que otro andrajo de vestido. La exuberancia de la enredadera había ya cubierto algunos de los miembros de aquella osamenta. Me parece que un calosfrío involuntario se apoderó de todos nosotros, llegándonos hasta el corazón, en aquel momento.
—Este era un marinero —dijo Jorge Merry, que, más atrevido que los otros, se había acercado y examinado los andrajos esparcidos por el suelo—. Por lo menos, esto no es más que un buen paño marino.
—¡Por vida mía! ¿Acaso podríamos esperar encontrarnos aquí el cuerpo de un arzobispo? Pero, ¿qué especie de postura es ésa para un cadáver? Me parece muv poco o nada natural, ¿no creen ustedes." (Cfr. Bibliografía complementaria, N* 52)

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