El árbol de la ciencia

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Autor: Redacción Ejemplode.com.

El árbol de la ciencia (fragmentos) Pío Baroja
España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente de optimismo absurdo. Todo lo español era lo mejor. Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión del país pobre que se aisla, contribuía al estancamiento, a la fosilificación de las ideas. Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las cátedras. Andrés Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar medicina. Los profesores del año preparatorio eran viejísimos; había algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando. Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simparía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil.

La dictadura científica que Andrés pretendía ejercer no se reconocía en la casa. Muchas veces le dijo a la criada vieja que barría el cuarto que dejara abiertas las ventanas para que entrara el sol; pero la criada no le obedecía.
—¿Por qué cierra usted el cuarto? —le preguntó una vez—. Yo quiero que esté abierto. ¿Oye usted?
La criada apenas sabía castellano, y después de una charla confusa le contestó que cerraba el cuarto para que no entrara el sol.
—Si es que yo quiero precisamente eso —le dijo Andrés—. ¿Usted ha oído hablar de los microbios?
—Yo, no, señor.
—¿No ha oído usted decir que hay unos gérmenes..., una especie de cosas vivas que andan por el aire y que producen las enfermedades?
—¿Unas cosas vivas en el aire? Serán las moscas.
—Sí; son como las moscas, pero no son las moscas.
—No; pues no las he visto.
—No, si no se ven; pero existen. Esas cosas vivas están en el aire, en el polvo, sobre los muebles..., y esas cosas vivas, que son malas,
mueren con la luz... ¿Ha comprendido usted? —Sí, sí, señor.
—Por eso hay que dejaF las ventanas abiertas... para que entre el sol.
Efectivamente; al día siguiente las ventanas estaban cerradas, y la criada vieja contaba a las otras que el señorito estaba loco, porque decía que había unas moscas en el aire que no se veían y que las mataba el sol.

A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés se encontró con la sorpresa desagradable de que se iba a declarar la guerra a los Estados Unidos. Había alborotos, manifestaciones en las calles, música patriótica a todo pasto... En todas partes no se hablaba más que de la posibilidad del éxito o del fracaso. El padre de Hurtado creía en la victoria española; pero en una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran todos vendedores de tocino, al ver a los primeros soldados españoles, dejarían las armas y echarían a correr... Los periódicos no decían más que necedades y bravuconadas... A Andrés le indignó la indiferencia de la gente al saber la noticia (la derrota). Al menos él había creído que el español, inepto para la ciencia y para la civilización, era un patriota exaltado y se encontraba que no; después del desastre de las dos pequeñas escuadras españolas en Cuba y en Filipinas, todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo; aquellas manifestaciones y gritos habían sido espuma, humo de paja, nada.

Citado APA: (A. 2009,02. El árbol de la ciencia. Revista Ejemplode.com. Obtenido 02, 2009, de https://www.ejemplode.com/41-literatura/580-el_arbol_de_la_ciencia.html)

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