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Ejemplo de Redacción de un cuento

El famoso cuentista Lait recomienda una técnica para escribir un cuento: partir de una premisa y desarrollarla hasta llegar a una conclusión.
Premisa significa colocar en un lugar a una, dos o más personas en una situación dada, y después, con imaginación creativa, seguir a estas personas a través de ese lugar y de esas circunstancias.
Encuentro un ejemplo de premisa en el cuento El príncipe feliz, de Osear Wilde:
"Muy por encima de la ciudad, sobre una elevada columna, alzábase la estatua del príncipe feliz. Todo él estaba revestido de finas hojas de oro puro, tenía por ojos dos zafiros refulgentes, y en la empuñadura de su espada relucía un enorme rubí rojo. Era en verdad muy admirado.
Es hermoso como una veleta, comentó uno de los concejales, que deseaba adquirir fama de tener gustos artísticos; sólo que no es tan útil, añadió, temeroso de que la gente pudiera pensar de él que no era hombre práctico cuando en realidad lo era.
¿ Por qué no serás como el príncipe feliz?, preguntaba una madre sensata a su hijito, que lloraba pidiendo la luna. Al príncipe feliz jamás se le ocurriría llorar por nada." (Cfr. Bibliografía complementaria, N° 56)
¿Por qué el príncipe feliz no llora por nada?, ésta es la premisa. Una situación muy sencilla que requiere conclusión, esta premisa con ambientación adecuada, diálogo natural y significativo, un climax y un desenlace, constituye un cuento.
I. Incluyo, a manera de ilustración, Amargura para tres sonámbulos, de Gabriel García Márquez. Considero conveniente separar sus elementos formativos:

TITULO:
amargura para tres sonambulos
PREMISA:
"Ahora la teníamos allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes que trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos sin peso para el barro—, que no podía acostumbrarse a aquella vida lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había pasado mucho tiempo antes que lo recordáramos— que ella también había tenido una infancia. Quizás no lo creíamos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón con los ojos asombrados, y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.
Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada cual por su nombre, hablando entre lágrimas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz, y todavía con lágrimas, nos dijo: "No volveré a sonreír."
AMBIENTE ADECUADO:
Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
Sin embargo, aquella noche era distinto: ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros, que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo, la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba convirtiendo en polvo: "Si, por lo menos, tuviéramos valor para desear su muerte", pensábamos a coro, pero la queríamos así: fea y glacial, como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
Eramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche había podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio, y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a la distancia, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
CLIMAX:
Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra, que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. Nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenia durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, quu estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía —así dijo— dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
Sabíamos, sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que habia perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien, cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
Aquella noche sabíamos, sentados frente al patio, que no volvería a sonreír. Quizás nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su obscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón, a donde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no podíamos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oímos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos obscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno, resolvimos acabar con los insectos de la casa: destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes; ordenamos cortar los arbustos del patio; y fue como si hubiéramos limpiado de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oímos caminar, ni la oímos hablar del grillo, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento, todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: "Me quedaré aquí, sentada"; y nos entremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecer algo que era ya casi completamente como la muerte.
De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada, con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural, de estar presente.
DESENLACE:
Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y segura en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: "No volveré a ver", o quizá: "No volveré a oír", y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales y que, espontáneamente, se iría acabando, sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres sentados en el patio habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido una niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva." (Cfr. Bibliografía complementaria, N* 23)

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Por: Luffy

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Comentarios:

  1. nececito un cuento
    Por hector 03.17.11 a las 20:51:35

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