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La tía tula

La tía Tula (fragmentos) de Miguel Unamuno

La muerte afilaba su guadaña en la piedra angular del hogar de Rosa y Ramiro, y mientras la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas, destilando, había que andar a la busca de una nueva ama de cría para el pequeñito, que iba rindiéndose también de hambre. Y Gertrudis, dejando que su hermana se adormeciese en la cuna de una agonía lenta, no hacía sino agitarse en busca de un seno próvido para su sobrinito.
Procuraba irle engañando el hambre, sosteniéndole el biberón.
—¿Y esa ama?
—¡Hasta mañana no podrá venir, señorita!
—Mira, Tula —empezó Ramiro.
—¡Déjame! ¡Déjame! Vete al lado de tu mujer, que se muere de un momento a otro; vete, que allí es tu puesto, y déjame con el niño!
—Pero, Tula...
—Déjame, te he dicho. Vete a verla morir; a que entre en la otra vida en tus brazos; ¡vete! ¡Déjame!
Ramiro se fue. Gertrudis tomó a su sobrinillo, que no hacía sino gemir, encerróse, con él en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de sus pechos de doncella, que arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre, le retemblaba por los latidos del corazón —era el derecho—, puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del pe-queñuelo. Y éste gemía más estrujando entre sus pálidos labios el conmovido pezón seco.
—¡Un milagro, Virgen Santísima —gemía Gertrudis con los ojos velados por las lágrimas—; un milagro y nadie lo sabrá, nadie!
Y apretaba como una loca al niño a su seno.
Ramiro, una tarde en que la fiebre, remitiéndosele, habíale dejado algo más tranquilo, llamó a Gertrudis, le rogó que cerrara la puerta de la alcoba, y le dijo:
—Yo me muero, Tula, me muero sin remedio. Siento que el corazón
no quiere ya marchar, a pesar de todas las inyecciones, yo me muero...
—No pienses en eso, Ramiro.
Pero ella también creía en aquella muerte.
—Me muero, y es hora, Tula, de decirte toda la verdad. Tú me casaste con Rosa.
—Como no te decidías y dabas largas...
—¿Y sabes por qué?
—Sí; lo sé, Ramiro.
—Al principio, al veros, al ver a la pareja, sólo reparé en Rosa; era quien se le veía de lejos; pero al acercarme, al empezar a frecuentaros, sólo te vi a ti, pues eras la única a quien desde cerca se veía. De lejos te borraba ella; de cerca le borrabas tú.
—No hables así de mi hermana, de la madre de tus hijos.
—No; la madre de mis hijos eres tú, tú, tú.
—No pienses ahora sino en Rosa, Ramiro.
—A la que me juntaré pronto, ¿no es eso?
—¡Quién sabe!... Piensa en vivir, en tus hijos...
—A mis hijos les quedas tú, su madre.
—Y en Manuela, en la pobre Manuela...
—Aquel plazo Tula, aquel plazo fatal.
Los ojos de Gertrudis se hincharon de lágrimas.
—¡Tula! —gimió el enfermo abriendo los brazos.
—¡Sí; Ramiro, sí! —exclamó ella cayendo en ellos y abrazándole.
Juntaron las bocas y así estuvieron, sollozando.
—¿Me perdonas todo, Tula?
—No, Ramiro, no; eres tú quien tiene que perdonarme.
—¿Yo?
—¡Tú! Una vez hablabas de santos que hacen pecadores. Acaso he tenido una idea inhumana de la virtud. Pero cuando lo primero, cuando te dirigiste a mi hermana, yo hice lo que debí hacer. Además, te lo confieso, el hombre, todo hombre, hasta tú, Ramiro, hasta tú, me ha dado miedo siempre; no he podido ver en él sino el bruto. Los niños, sí; pero el hombre... He huido del hombre...
—Tienes razón, Tula.
—Pero ahora descansa, que estas emociones así pueden dañarte.

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Por: Morris

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